Hay cosas que se van y no vuelven. A un amigo mio se le fue su novia río abajo, con los ojos pasmados en una maleta de agua. Le dije que su chica jamás estaría de vuelta, que los ríos no tienen retorno, que siempre es tarde en el agua. ¡Dios Santo!, le dije a mi amigo que en el mejor de los casos la mar solo a veces devuelve el correo vacío. Todo eso le dije pero no hizo caso. Meses más tarde me lo encontré sentado en la orilla de siempre. Le pregunté qué demonios aguardaba. Me dijo que al fin se había convencido de que su chica jamás volvería a su lado pero que de todos modo se quedaba allí, sin prisa alguna, "hasta que esté de regreso el río". Pero nunca regresó el maldito río. Y si regresase, lo haría a ciegas y en lastre, con los vagones vacíos. Como ocurre en esos sitios inhóspitos en los que sólo se detiene dos veces el tren de las llanuras, una, para dejar a un hombre cansado, y la segunda, años más tarde, para recoger su cadáver.
Dicen que en América hay tipos solitarios que para sentirse en cierto modo acompañados, vagan en el coche con un cadáver en el maletero. Y gente sin futuro que madruga y acude a hurtadillas al cementerio a echarle maiz a sus muertos. Conocí de amanecida en un garito a un hombre falto de cariño que sólo aspiraba a quedarse dormido, como en una canoa, en el interior de su madre muerta. ¡Que terrible cosa puede ser la soledad!. Me dijo de madrugada un fugitivo: "No me lo vas a creer, muchacho, pero a veces me siento tan jodidamente solo, maldita sea, que no me importaría morir abrazado a un balazo". Algo parecido le ocurría a otro fulano del arroyo. Su hijo le rehuía. "Quería que me necesitase, ¡joder!, porque yo era su padre, él era mi hijo y hasta los perros entienden el libro de familia, así que un día se me ocurrió pegarle un tiro en un descampado sólo porque creí que sería la única forma de que me necesitase". Al final de sus días consiguió que su hijo lo abrazase en la agonía. Y aquel tipo se lo agradeció con cierta indiferencia, como si le hubiese costado dinero. No sé si será cierto, pero me dijeron que el tipo duro del arroyo se murió al poco rato de confesar que aquel abrazo era lo más lejos que había estado de su hijo, y que, por otra parte, en sus trágicas circunstancias no valía la pena entusiasmarse con algo que ni siquiera podría recordar. No le faltaba razón. Creo que le prestaríamos más atención a nuestra propia muerte, muchacho, si la muerte no nos quitase tanto tiempo...
No hay que escaparle al fracaso. A veces lo mejor de las cosas es su recuerdo. Tal vez tu chica se fue con un tipo listo que le cambió de agua el río. ¿Y que puede importarte ella?. Te consolará saber que fuiste el primer hombre al que enseñó a llorar escupiéndole en los ojos...